domingo, 23 de agosto de 2009

Echar segundos por la ventana.

Parece mentira que, en la sociedad en la que vivimos, en la que la gente intercambia sin pensárselo dos veces tiempo por dinero, haya gente que lo deje perder.

Por todos lados encontramos hombres de corbata y maletín, hombres respetables, y racionales, por el simple hecho de llevar dichos distintivos, pagar gasolina por llegar antes al trabajo, por un parking para no tener que perder tiempo buscando un aparcamiento, por una hamburguesa en una bolsa por no tener que sentarse en un bar a pedir que le preparen un bocadillo, por un AVE Madrid-Barcelona, por llegar antes a la playa, por investigaciones para alargar la vida, por el peaje de la autovía, o por preservativos que prolonguen las relaciones para adultos.

Del mismo modo, a estos hombres se les paga porque dediquen ocho horas de su tiempo a realizar alguna actividad para beneficio de otro, y en caso de trabajar más de lo estipulado, es necesario exigir un pago mayor, en compensación.
Es por eso que no podemos esperar que nadie nos preste ni un minuto de su tiempo de manera gratuita. Ya podemos estar retorciéndonos de dolor o asfixiados por una necesidad, que pocos serán los que te regalen desinteresadamente un segundo de su valioso tiempo

“Sí, hombre, con lo que me ha costado a mí”

“He pagado 3,50€ por estos cinco minutos, y no se los voy a dar”

“Ya que he encontrado un minuto en oferta, no se lo voy a dedicar a usted”

“Para eso llevo ahorrando minutos para conseguir este cuarto de hora, para dárselo a alguien que ni siquiera conozco”

Por este motivo, y quizá por algunos más que se me escapan, deberíamos reflexionar los aburridos, los vagos, los hastiados y los escritores si no estamos desperdiciando una materia prima tan valiosa como es el tiempo. Cada minuto que pasamos delante de la pantalla del ordenador, estamos echando por la alcantarilla el dinero que a otros les cuesta tanto de ganar. Es como si estuviéramos asaltando la cartera a nuestros padres para echar el contenido en un pozo, para que, por añadidura, nadie pudiera aprovecharlo. Yo creo que, toda la gente que echa tiempo por la ventana, como si no se dieran cuenta de que hay gente ahora mismo que se está dejando el sueldo por conseguir unos minutos de más, se merecen un buen par de varazos bien dados.

Debería darnos vergüenza.

Vaya, parece que los posts se conservan bastante bien, no se pudren, ni se echan a perder, porque este lleva enlatado unas dos semanas, y sigue igual que cuando lo escribí, el mismo día que el anterior.

¡A disfrutar del verano, que lleva acabándose desde que empezó!

jueves, 6 de agosto de 2009

Ideado, Hablado y Embalado.

Cuando pasas mucho tiempo en compañía de personas humanas (como si hubiera otro tipo de personas) inevitablemente se da el caso que comienzas a hablar. Curiosa manía también la de hablar, ya ves, como si así las cosas que se dicen estuvieran algo más cerca de la realidad.
El caso es que hoy, adolescentes nosotros y adolescente la conversación, nos hemos sorprendido hablando del futuro. Curioso tema, el futuro, pues lo que la gente de la calle se limita a llamar "planes" no serían considerados como tal, y probablemente no serían llevados a cabo, si uno se los guardara para sí mismo y pensara: "podríamos hacer esto, o lo otro..." Para el desarrollo de los "planes" es necesario intercambiarlos con las personas con las que se ha planeado, de lo contrario, nos arriesgamos a que nunca se lleven a cabo. De este modo, hablar sobre ellos es la única manera de que se conviertan en realidad.

Y, aunque como bien dice siempre alguien "esto luego no lo haremos", muchas de estas cosas, de estos "planes" se quedan en el cajón, desbordado ya de por sí, de los planes por realizar.

Pero, también hay que remarcar que, si no se habla de estos "planes", podemos tener por seguro que nunca van a llevarse a cabo.
Así, las cafeterías, heladerías, tascas, bares, parques, aceras, bordillos, asfaltos, hospitales, tanatorios, en este orden y no en otro, se convierten en la factoría de lo que llamamos "planes", siendo su única cadena de montaje una cadena humana, siempre cerrada, y formando a poder ser un círculo o forma geométrica parecida que dificulte el paso a los viandantes, o imposibilite la relajación a aquellos que esperan encontrar silencio en una cafetería. También curioso lugar al que irse a buscar el silencio, u otra cosa que no sea gente hablando de futuros impensables e irrealistas. Eso sí, a voz en grito, pues si no, el prójimo intenta silenciar su propuesta con la tuya, la cual, por definición, es más importante, por el simple hecho de proceder de ti.
Y, al igual que los productos que necesitan de un continuo proceso de fabricación, para que no llegue al consumidor un automóvil sin ruedas, un televisor sin pantalla, o un preservativo sin lubricar, (también noble producto como otro cualquiera, tal vez de mayor importancia que los primeros), los "planes" necesitan de una formación ininterrumpida, para no caer en el olvido, y no llegar nunca a producirse, pasando de "planes" a "hechos".

Esto tan solo se consigue con más conversación, más saturación del tráfico de las aceras, y más molestias a quien busca el silencio en zonas tan absurdas como una cafetería, un bar o el parque que hay junto a la ventana de su casa a medianoche.
Pero, el caso es que, si no planeáramos, no haríamos, y si no hiciéramos, no recordaríamos. Y si bien los recuerdos que forman la estructura de nuestra memoria se han formado de manera espontánea, sin planificarlos, son las cosas planeadas, y sobre todo, esperadas, las que ocupan grandes fechas en nuestras biografías, y en nuestros álbumes de fotos.

Y ya que nos planeamos la vida, planeémonosla bien, ¿No os parece?


E iros a dormir, gamberros, que no son horas.

domingo, 26 de julio de 2009

Rojo y Negro

Salió de su habitación a toda velocidad en cuanto supo que había un incendio. Su madre todavía no había acabado de darle la noticia, y él ya estaba asomado a la terraza del segundo piso, y contemplaba fascinado cómo las lenguas de fuego ascendían más de veinte metros sobre la cima de la montaña que había a dos kilómetros de su casa.
El ser humano siempre ha sentido una extraña fascinación por el fuego. Hay algo en él que lo atrae, tal vez sea porque ha formado parte vital de su vida desde sus más tempranas épocas, o tal vez por el simple ondular de sus llamas, y el misterio que las crea. En los últimos años, al verse limitado el uso del fuego por la luz eléctrica, tal vez el misterio que lo envuelve se ha hecho mayor.
Siempre le había gustado contemplar los incendios, sobre todo cuando llegaban las avionetas a apagarlos. Le gustaba ver como el agua caía desde los depósitos, pulverizada, sobre las llamas, intentando apagarlas, pero sin conseguir sofocarlas por completo.
El resto de la tarde la pasó allí, esperando a que se diera la alarma y llegaran los bomberos. El incendio crecía; se extendía por los secos pinares como si se tratara de un campo de cartón impregnado de gasolina, cubriendo por completo la montaña, y propagándose por las de alrededor, sin nada que pudiera hacer pensar que aquello podría terminar jamás.
Cuanto mayor era el incendio, más difícil lo tenían los bomberos para sofocarlo, y más se prolongaba la extinción.
Su madre lo llamaba desde el piso de abajo; era hora de cenar. Él la ignoró, absorto en el espectáculo que tenía delante.
El rojo se extendía, lanzaba sus brazos color arena en todas direcciones, palpando las ramas de los árboles circundantes, y cuando conseguía aferrarse a ellas, lanzaba todo su potencial, enrollándose como si de una monstruosa serpiente carmesí se tratara, y encaramándose hacia la copa del árbol que acababa de devorar para lanzar una llamarada en señal de satisfacción, con un rugido que se fundía con el crepitar de la madera.
El viento cambió, y una avalancha de color rubí se precipitó montaña abajo, rodando como si realmente estuviera impulsada por la propia gravedad, en lugar de por el viento, devorando árbol tras árbol sin importarle ya la especie.
Su nariz se llenó de olor a humo, cenizas y fuego. La furia del incendio lo golpeó en la cara, pero él permaneció firme, contemplando impasible cómo las llamas llegaban hasta los campos sin cultivar que había a cincuenta metros de su casa. El humo le llenaba los ojos, pero él quería seguir mirando, quería ver cómo el fuego intentaba cruzar el erial, aferrándose a los matorrales que pudiera encontrar. Se agachó para poder ver por debajo de la columna de humo, y de este modo alcanzó a ver cómo un equipo de bomberos lograba repeler las llamas rociándolas con un chorro de agua que, en un principio solo conseguía hacer que se revolvieran más, sin conseguir aplacarlas, pero con la que al final consiguieron hacer retroceder el fuego.
Una vez el infierno que avanzaba por la montaña hubo consumido toda la vegetación y sólo quedó una negra masa humeante, las avionetas y una parte de los camiones se retiraron, y su madre apareció por la puerta de la terraza, y lo abrazó fuertemente contra su pecho, llorando. Pero él no dejaba de mirar cómo el humo se elevaba en espirales hacia el cielo, despejado hacía apenas medio día, y que ahora aparecía encapotado, cubierto de unos amenazantes nubarrones negros, que anunciaban cualquier cosa excepto lluvia.
Al día siguiente, todo el monte que rodeaba la casa estaba calcinado. Los pinos extendían sus raquíticos dedos suplicantes hacia el cielo, y el suelo estaba cubierto por una capa de ceniza en la que se confundían los restos de las agujas de los pinos, los matorrales que cubrían el suelo, y seguramente los restos de algún desafortunado animal que no hubiera podido escapar del incendio.
Allí donde antes había una exuberante masa verde y rebosante de vida ahora tan solo había un desierto gris, negro y humeante, sin ningún tipo de esperanza de recuperarse, al menos en un buen tiempo.
El fuego había destrozado en unas horas lo que tanto tiempo le había costado a la naturaleza crear, y ahora pasarían años hasta que el lugar volviera a renacer. Seguramente sus nietos no volverían a verlo tal y como él había tenido la suerte de hacerlo.

Pero había merecido la pena.

Se despertó y se levantó al instante de la cama, pues el sol entraba a raudales por la ventana de su habitación. Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde. Era un viernes, exactamente 23 de julio de 2009, y aquél día hacía un calor sofocante, y corría un cierto viento, que no parecía tener intención de cesar. Se asomó a la terraza de su villa del interior de la provincia de Castellón, y paseó la mirada por los pinos y arbustos que crecían no muy lejos de las casas.
Y sonrió.


Nadie debería destruir lo que después no pueda volver a crear

domingo, 5 de julio de 2009

Al otro extremo de la carretera

Tras una última mirada atrás, subo al autobús.
Todavía no se qué me espera al otro extremo de la carretera que a un paso constante recorremos, pero de lo que sí estoy seguro es de que no será nada malo, ni mucho menos, aburrido. No puede serlo algo q
ue hemos estado esperando durante tanto tiempo. Lo que sí que no tenía previsto era que fuera algo tan extremadamente lejos del mundo real. O, al menos, de mi mundo real.
En aquel otro extremo de la carretera, nada es como en este que pisamos día a día: el asfalto se convierte en yerba, el techo y los edificios, en árboles, y no hacen falta ventanas que nos muestren el exterior, pues la palabra interior pierde todo su significado allí afuera. No necesitamos tapar nuestros oídos con auriculares que nos inunden la mente de música para olvidar los sonidos del siglo; estando allí, pronto olvidas qué sonido hacen los coches, cómo suena una bocina, y a que huele el humo.Aquí, nuestros ojos no pueden recorrer más de un par de metros sin toparse con una pared, o una puerta; allí lo único que encuentran constantemente son las miradas de los demás.
Y es que ningún significado tendría todo aquello sin la gente que te acompaña. Aquí, a menudo tienes que ir hasta el espejo para poder ver otros ojos mirándote; allí, pronto olvidas incluso como es tu propio rostro, pues las caras de los demás están marcadas a fuego en tu mente, como el dibujo que hace en tu retina un rayo de sol que has mirado directamente; siempre contigo, siempre acompañándote. Bajo ningún concepto nadie duerme, camina, come o se lava los dientes solo: se puede imaginar la vida allí sin tiendas; se puede imaginar la vida allí sin los sacos de los cubiertos, sin las mesas del comedor, sin la casa, sin los baños, sin nuestras mochilas, sin las marchas, el río, los árboles, o incluso las mismas montañas; pero de ningún modo cabe en nuestra cabeza la idea de aquél sitio sin las personas que nos rodean (recordando cierta actividad, de las tantas que se hicieron, en que construíamos edificios con nuestros cuerpos).
Pocas cosas son las necesarias para construir el otro extremo de la carretera. De hecho, cosas ninguna, tan solo personas. Es por eso que, mientras estamos allí, nos olvidamos de cosas tan vitales como el ordenador, el móvil, la cartera, y todas las cosas materiales que aquí se nos presentan indispensables. Allí ya pueden ensuciarnos las zapatillas, que las limpiamos; ya pueden escondernos los cubiertos, que los buscamos; ya p
odemos perder el dentífrico, que no gastaremos ni un minuto de nuestro tiempo para buscarlo. Eso sí, cuando falta alguien, su ausencia se hace de notar de inmediato.
En un objeto, en un lugar, en una acción, la ausencia de los ausentes se siente más que la presencia de los presentes.
Pero si para algo estamos allí es para olvidar, girarnos, dejar atrás todo lo material, lo nuevo, y lo cómodo, y adentrarnos en las profundidades de nuestras emociones, de la vida tal como fue creada; s
in ataduras, sin condiciones, y sin parches de frialdad asegurados con remaches de egoísmo. Y es que, cuando llegas allí, dejas la mochila en el suelo, miras a tu alrededor y por un momento, deja de existir la carretera, y lo que te has dejado en este lado. Por un momento, para ti solo existen árboles, yerba, cielo, y una treintena de personas que van a acompañarte para que, durante una semana, guardes tus prejuicios en lo más hondo de la mochila, revuelques tus penas en el barro, sumerjas el estrés en agua con harina, y te tires al río para salir completamente nuevo, tiritando para sacudirte todo rastro de asfalto, humo, farolas o acero, y emerjas como un nuevo ser, dando gracias al cielo por enviarte el sol, y por haber creado todo aquello.

Dios bendiga los campamentos de verano.
¿Lo bueno, si breve, dos veces bueno? Desde luego, no se puede aplicar esta norma a los campamentos, ni a los posts, así que aquí os dejo este humilde intento de alcanzar la extensión de Yolanda, o la poesía de Eva o las fotos que ambas han recogido para hacerle la competencia a las mías. A disfrutar del verano!

martes, 16 de junio de 2009

No somos nadie

- ¿Como puede haber llegado a esta situación?
- No lo sé, caballero. Le juro por Dios que no lo sé.
- Lo tiene todo. Su vida es la vida que cualquier ciudadano decente puede desear: tiene un cargo importante en una empresa multinacional, está casado con una mujer que lo ama y tiene unos hijos maravillosos; su carrera está en su apogeo, y la semana pasada, según me han contado, llegó incluso a comprarse un yate. ¿Que fue lo que le hizo llegar a esto?

El hombre miró hacia abajo, al enorme vacío que se abría a los pies del rascacielos al que estaba subido, y la visión del suelo doscientos metros bajo él lo sobrecogió.

- Ni idea. No se que daría por saberlo, se lo aseguro; pero el caso es que no lo sé
- ¿Acaso fue por algo que le ocurrió? ¿Algún negocio le salió mal, discutió con su familia, o tal vez con algún amigo?
- No, le puedo asegurar que no fue nada de eso.
- Pues no veo motivo por el cual una persona en su estado podría siquiera plantearse la idea del suicidio.
- La vida da tantos giros...

Su compañero quedó pensativo un momento, dando vueltas a una idea que empezaba a formarse

- Tal vez...
- ¿Si?
- No, pensaba que tal vez, lo que puede haberlo llevado a esta situación puede haber sido su propia vida. Tal vez, esta vida no le llene. Quizás esto no es lo que quería; no es aquello con lo que soñaba. ¿Puede ser, caballero, que un día se haya visto de pronto envuelto en una realidad que no le agrada, que no le llena, y de la que no hay manera de escapar, y por eso ha decidido suicidarse?

El hombre alzó la vista por un momento del vacío y miró al hombre que había junto a él.

- ¿Sabe? creo que podría tener usted razón.
- Ya se lo digo yo. Y hágame caso, porque yo he visto muchos casos como el suyo. En ocasiones, una persona se deja guiar por el interés, o por alcanzar el poder, y no piensa en lo que realmente le haría feliz, abandonando así sus sueños. Hay personas que se dan cuenta de ello en el lecho de muerte, cuando ya el señor los llama a su presencia; otras, sin embargo, lo descubren en medio de su vida, y no tienen más opción que intentar cambiar. En su caso, no ha podido cambiar, y eso es lo que lo ha llevado hasta aquí.
- ¿Y no hay nada que pueda hacer, una vez descubierto el motivo?
- Bueno, supongo que podría rectificar; romper con todo lo que ha hecho hasta ahora, y dar un giro brusco a su vida. En conjunto, salir en busca de aquello que realmente le va a hacer feliz.
- Pero... a todo esto. ¿Esto no se lo tendríamos que decir a él?
- Tal vez, caballero, tal vez debiéramos.

Su acompañante, al igual que él, dirigió la vista unos metros más allá, donde, subido a la misma balaustrada donde se apoyaban ellos, un hombre terminaba sus oraciones y se disponía a saltar desde la azotea de un rascacielos.

- Mire, parece que ya ha acabado de rezar

Los pies del suicida se levantaron del suelo. El hombre que estaba más cerca suspiró.

- Ahí va... ya no hay nada que hacer. Sinceramente, no creí que acabara haciéndolo.

Su acompañante asintió. Se irguió y echó a andar tras despedirse con unas palmadas en el hombro.

- No somos nadie.
- Sin duda, caballero, no somos nadie.



Después de librarse definitivamente del monstruo al que la gente insiste en llamar exámenes, las luminosas noches veraniegas, antes ocupadas en estudiar, leer, o simplemente dormir, que buena falta hacía, se llenan de momentos de inactividad en que la mente empieza a transpirar por efecto del calor.
¿La mente transpira? Por supuesto, al igual que el cuerpo, necesita expulsar aquello que no necesita; los desperdicios que genera su propio funcionamiento. Para estos momentos de transpiración mental, conviene tener siempre un trozo de papel para secarse todo ese antihigiénico y incómodo montón de letras, ya sea el papel físico o virtual. Después de esto, lo lógico sería tirar el papel a la basura, pero como hay algo que me impide por completo tirar a la basura cualquier cosa que lleve letras, y más si proceden de mí, acabo escurriendo este sudor mental en el blog, con la esperanza de que, tal vez, alguien quiera dejar un par de gotitas ahí abajo, donde pone "comentarios".
Ya esta aquí el verano, y con el, los posts veraniegos, sofocantes y espesos.

domingo, 17 de mayo de 2009

Deslices fotográficos

Tras recuperarme de la resaca post-parisina, hacer un lavado de cara al blog, que buena falta le hacía, y darle una y mil vueltas al anónimo misterioso, (el autor del cual aun no ha aparecido, por cierto) y tras una semana de miedo, a causa de los examenes i el ruter, que ha decidido tomarse una semana libre, vuelvo a la marcha bloguera habitual, con una nueva "sección", si se la puede llamar así, del blog. La verdad, no se si se le puede llamar nueva, porque como quizás ya hayáis observado, antes ya estaba, aunque no había tenido tiempo hasta ahora para dedicarle unas palabras a esos extraños objetos que aparecen, así por que sí, en el margen derecho del blog (todavía no se como llenar el izquierdo) en cuanto se acaba todo lo demás, y que parecen estar ahí tan solo para llenar hueco.
Pues bien, hoy dedico este post a mis "Deslices Fotográficos".


Siempre me ha gustado absorber paisajes con la mirada; Quedarme quieto y dejar que la visión de un río, un valle o una montaña me llenara los ojos, entrara a raudales por

mis pupilas, e inundara mi mente dejándola libre de otra cosa que no fuera el lugar en que me encontraba. El hecho de poder olvidarme de todo lo demás, y simplemente mirar, mirar y no hacer nada más, como si hubiera dejado de ser yo para limitarme a ser un par de ojos flotando en el aire, me relajaba de una manera asombrosa.
¿Que haces cuando te ha gustado mucho una película? Comprarla en DVD. (Más bien bajártela por el emule)
¿Que haces cuando te gusta mucho una canción? Compras el CD (bueno, sí, y de paso un póster y una camiseta)
¿Que haces cuando te gusta mucho algún lugar? La respuesta que nos llega inmediatamente a la mente es: hacer una fotografía.
Pues bien, yo discrepo. Si tuviera que contar con los dedos las veces que me ha decepcionado la fotografía de un paisaje que, en vivo, ha conseguido hipnotizarme, dejaría de poder rascarme antes de empezar.
No se puede (o yo al menos no se) capturar por completo un paisaje dentro de una fotografía. Hay cosas que no se pueden plasmar en un papel, y que hacen que la imagen esté incompleta. Ésta es la conclusión a la que he llegado tras kilobytes y kilobytes de fotografías de masas de un verde uniforme que los demás, cuando las miran, no pueden más que ladear la cabeza, fruncir el ceño, intentar descubrir el dibujo oculto y preguntar "¿Que es?", a lo que yo me veo forzado a responder "Emmm…Nada". Aquí cabe destacar que, si la cámara no fuera digital, la mitad de las fotos se quedarían donde están, ya que solo la aparentemente ilimitada capacidad de una tarjetita SD nos permite llevar a cabo este derroche fotográfico, con el que llenamos la memoria del ordenador de "Emm…Nada".
Ahora que, si esto fuera cierto, y la fotografía fuera siempre inferior a la imagen real, no veríamos esas fotografías tan impresionantes que salen cuando pones cualquier palabra en el buscador de imágenes de Google, los vendedores de postales tendrían que vender camisetas, y todos los fotógrafos acabarían en el paro. Que yo no sepa hacer fotografías como dios manda no quiere decir que no sea posible hacer verdaderas obras de arte con una cámara.


Son muchos los años que llevo manejando mi cámara digital, y algún que otro momento de locura al fijarme en el juego de luces de una simple hoja, una puesta de sol especialmente peculiar, algún que otro afortunado accidente de la naturaleza, o el siempre bello y encapotado cielo de París, han hecho posible que, si miras a la derecha de este blog, y le das a la rudecita hacia abajo, encuentres algunos de los más afortunados segundos que mi humilde Fujifilm ha tenido la suerte de poder capturar.

domingo, 3 de mayo de 2009

Adoquines en el alma

Era viernes. ¿O era sábado ya? No sabría decirlo.
De lo que sí que estaba seguro era de que, sin darme cuenta, ya había alcanzado la cima; y también estaba seguro de que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado a pedalear sobre los adoquines le hubiera resultado mucho más duro de lo que me había resultado a mí.
Desde que había salido del piso donde vivía, en alquiler, por supuesto, desde hacía tres meses, había comenzado a llover dos veces, y ambas había parado con la misma rapidez con la que había empezado. Parecía como si el cielo se muriera de ganas de descargar sus repletos nubarrones, pero se arrepintiera de hacerlo sobre una ciudad como aquella.
Como ya había hecho más veces, me bajé de la bicicleta para pasar entre los pintores callejeros que ocupaban buena parte del día en ganarse la vida retratando turistas para después poder recoger los caballetes, las pinturas y los pinceles y escalar, como yo estaba haciendo en aquel momento, los últimos metros de Montmartre para buscar un panorama que les resultara digno de plasmar en sus lienzos, al igual que yo los plasmaba a golpe de teclado.
Habían pasado tres meses desde que había llegado a París. Había pasado ya noventa tardes deambulando por las calles adoquinadas, salpicadas de charcos y de miles y miles de pisadas, de toda la gente que iba y venía de sus trabajos, sin que el frenético ritmo del siglo veintiuno les permitiera detenerse un momento a contemplar aquella maravillosa ciudad que se abría a su alrededor. Más de veinte de esas tardes mis pasos me habían llevado hasta el barrio bohemio, a la colina de Montmartre. Pero aún así, no podía evitar que se me saltaran las lágrimas cada vez que volvía allí.
Fue debajo de la basílica del Sacre Coeur donde detuve mi bicicleta.
Desde lo alto de la Torre Eiffel, París se mostraba en todo su esplendor: miraras hacía donde miraras, tus ojos solo veían París; era difícil vislumbrar algo que estuviera más allá de sus límites. Podías distinguir con facilidad cualquier punto clave de la ciudad, y admirar el Sena en todo su esplendor. La torre Eiffel estaba ideada para admirar París, y ser símbolo de su orgullo.
Desde lo alto del Montmartre, sin embargo, París era un insecto vuelto patas arriba que no puede darse la vuelta, era el trasero de un pavo real. Desde Montmartre no ves el Sena; te has de esforzar para ver el arco del Triunfo, o algún otro monumento insigne; a duras penas consigues ver la torre Eiffel. Desde Montmartre, ves un París que se revuelve para mostrarte su cara buena, y no sabe cómo. Pero lo que no sabe París es que te está enseñando una cara igual de bella que la que está acostumbrada a mostrar, o incluso más. Desde allí, se ve un parís humilde, un parís grande, bello, formado exclusivamente por modestos edificios que no superan en altura a los monumentos; que no se ven intimidados por la sombra de la imponente torre Eiffel.
Mientras miro como la ciudad se escandaliza al descubrir que la estoy viendo desde este ángulo, dejo la bicicleta atada a la barandilla que rodea la iglesia, y saco la funda del portátil del portamaletas. La bici también es de alquiler, así que será mejor que no la estropee.

Paso tras paso, me dejo caer sobre los peldaños de la escalinata que, desde las puertas del Sacre Coeur, se desenrollan como una interminable lengua blanca y verde.
Después de haber bajado más peldaños de los que sin duda tiene cualquier otra escalera llega un momento en que mis pies no quieren avanzar más. Está bien. Busco un banco, y me siento.
Saco el portátil de su funda, lo abro, y lo enciendo.
Durante un último momento, levanto la vista para contemplar París, ahora un poco dado la vuelta, recuperando la compostura, para mostrarme tan solo las impecables fachadas de sus edificios. Aunque luego me arrepienta, no puedo evitar mirar hacia el lugar donde el sol comienza a descender cada vez más rápidamente para salir al encuentro del horizonte.
Alzo la cabeza e inspiro. París se vuelve entonces aire, y se quiere meter dentro de mí, y doblegarme a su voluntad. Sin que no pueda hacer nada, mi pecho se llenan de París, y me siento como si toda la vida hubiera estado respirando a medias, y aquella fuera la primera vez que podía saciar mis pulmones. Una vez satisfecho, dejo de respirar para escuchar el silencio, dueño indiscutible de aquel lugar. Tan solo el viento se atreve a desafiar el silencio que la ciudad convierte en su canto. Mis oídos se llenan de París. Incluso me parece poder saborear París.

De pronto, París se escapa de mi cuerpo en un largo y silencioso suspiro.
Bajo la vista hacia el teclado, y escribo esto.

Por un momento había vuelto allí. De nuevo estaba en la colina de Montmartre, contemplando París. De nuevo paseaba por el barrio bohemio, rodeado de pintores. De nuevo el Sena se deslizaba bajo mis pies, sin nada interponiéndose entre nosotros que un puente de piedra. De nuevo alzaba la vista hacia la Torre Eiffel, sin poder dejar de admirarla. De nuevo mis mandíbulas se separaban como si quisieran comerse el Arco del Triunfo. De nuevo deambulaba entre los frutos de miles de mentes geniales en el museo del Louvre. De nuevo paseaba por calles que rezuman historia, limpias y adoquinadas. De nuevo tomaba un café mientras miraba París a través de una discreta mirilla del tamaño de una pared que se abría en la fachada de un local con nombre de infusión, y de nuevo contemplaba el atardecer sobre las aguas del río Sena (o uno de sus canales, nunca llegue a saberlo) a través de una alambrada.
De nuevo llovía sobre mi alma desnuda, arrastrándola hacia el fondo del Sena, y llevándola consigo, separándola de mi cuerpo mediterráneo, y haciéndola descansar sobre un lecho de adoquines mojados por charcos; charcos de una realidad que no cabe dentro de ningún molde que yo haya tenido el placer de conocer antes.


Entrada melancólica, rememorando aquellos inolvidables días pasados en la que, hasta ahora, yo había considerado simplemente la engreída capital del país vecino. Se que hoy en día se hace un uso abusivo del término "inolvidable", pero sin duda los días pasados en la capital francesa merecen ese título con creces, tanto por la embriagante belleza de la ciudad como por las interminables, y ojala eternas noches.

Simplemente, me he dejado algo en París, y no podré descansar tranquilo hasta que vuelva allí para recuperarlo.


P.D: a toda la gente que últimamente entra en el blog, os agradezco el apoyo, pero, no cuesta mucho un "me ha gustado mucho la entrada”, un " sigue así" o un "menuda mierda de post", y a mi me sirve de mucho, sobre todo moralmente.

miércoles, 15 de abril de 2009

Huyendo

El sol brillaba, rojo, frente a él, y a medida que anochecía, su perseguidor parecía aumentar de tamaño. Sus pies se sacudían, frenéticos, bajo él, como si quisieran correr más deprisa que él mismo, aún así, su perseguidor seguía estando igual de cerca. Su voz desgarraba, angustiada, su garganta, lanzándole gritos, pero su perseguidor no respondía, limitándose a perseguirlo. Sus ojos seguían, lúcidos, en sus cuencas, pero aún así, su perseguidor, que en un principio había parecido tan humano como él mismo, se le mostraba ahora aterrador, monstruoso. Las calles pasaban, silbando, junto a él, pero siempre había más que atravesar, y más que recorrer, más por las que adentrarse, y más que quedaban atrás; las mismas que dejaba atrás su perseguidor. Su rostro se volvía, contraído por el terror, una y otra vez, para volver a apartarse de la desquiciante visión de su perseguidor. Su miedo crecía, angustiante, con cada una de aquellas miradas. Y sus pies no se detenían, totalmente independientes de cualquier orden que no fuera la de huir, y continuaban huyendo. El sol brillaba, sesgado por el horizonte, cada vez con menos fuerza. Su fuerza lo abandonaba, desertora, y se unía al perseguidor, para hacerlo mayor y más terrible. El horizonte devoraba, ansioso, el disco carmesí que luchaba por arrojar unos últimos rayos de luz sobre su cara. La noche parecía, a su espalda, envolver a su perseguidor, animándolo, y azuzándolo contra él con susurros de odio. El debilitado resplandor anaranjado que el sol apenas arrojaba tras los edificios conseguía, prueba evidente del cercano final del día, vaticinar también su propio fin, haciendo que lo abandonara toda esperanza. Sus rodillas cedieron, quebradas, haciendo que se desplomara contra el suelo, y sus brazos, frenéticos, buscaron en vano algo que lo salvara, para dar solo con una pared, en la que se apoyó, deseando más que cualquier otra cosa hundirse en ella. Sus ojos, hundidos en sus cuencas como queriendo huir de su perseguidor, contemplaban horrorizados como éste había crecido hasta ocupar todo el campo de su visión. Su alma, encogida, se rindió a aquello que, desde que había sido descubierto, no se había separado ni un momento de él, siguiéndolo, agobiándolo con su compañía y negándole la soledad, para finalmente echar a correr tras él, en el mismo instante en que decidía iniciar la huida, siempre pegado a sus pies.


De como, en algunos momentos, buscamos huir de todo, y de como, huyendo de todo, nos encontramos huyendo de nosotros mismos, de lo que somos, y de cómo somos, queriendo a veces quitarnos la piel para vestir otra que nos resulta mejor, o más cómoda, y llegando a extremos tales como odiarnos a nosotros mismos, o incluso temernos.