Este es un mensaje para todo aquél que, en algún momento de su vida ha tenido que tomar una decisión importante; una decisión que tal vez cambiara toda su vida. Si estás leyendo esto y nunca te ha pasado, créeme cuando te digo que tienes muchísima suerte; deja de leer y sal ahí afuera a disfrutar de tu maravillosa vida.
Hay momentos de tu vida en que te ves forzado a escoger. Puede ser de repente, o puedes llevar mucho tiempo retrasando el momento de tomar esta decisión, pero finalmente siempre has de tomar una dirección u otra. Aunque hay algo que tienen en común estas dos posibilidades, y es que, ya sea sin previo aviso, o con un año de anticipación, finalmente siempre respondes del mismo modo.
Esto ocurre, sobre todo, a aquellas personas que retrasan la decisión, porque se ven incapaces de tomarla, y terminan por escoger siguiendo un impulso, una orden desconocida llegada de alguna parte extraña, pero que, una vez la sometes a un análisis pausado y racional, resulta ser la opción correcta.
Digo esto para sostener la teoría de que las decisiones acertadas suelen ser las primeras. Tal vez una persona a la que la vida ha enseñado, a base de golpes, lo contrario, me diga que estoy equivocado, y posiblemente, que me pegue un tiro, pero muchos indecisos comprenderán mi punto de vista, que al principio puede parecer impulsivo, y poco meditado. De hecho, no me han dejado matizar antes de colocarme la pistola en la sien: lo que quería decir es que muchas veces, la opción correcta ha estado siempre en nuestro interior, escondiéndose de nosotros mismos, rehuyendo nuestra conciencia, y esta idea Primera, o original, no se nos muestra hasta haber descartado unas cuentas opciones secundarias.
Está claro que la elección de un camino puede resultar una dura tarea, pero para ello hay dos claves que, según mi (escasa) experiencia personal, son la clave para una decisión:
Una de ellas ya lleva un tiempo sirviéndome de bandera, y es la búsqueda de la felicidad, como dijo Aristóteles "fin del ser humano", pues si no seguimos el camino que nos ha de llevar a esta Felicidad (con mayúsculas), jamás llegaremos a alcanzarla. Así, hemos de actuar según nuestro corazón, y no dejarnos influenciar por terceras personas, sobre todo si la primera y la segunda eres tú mismo.
La otra, la he descubierto hace poco, y tiene relación con comprobar, una vez has tomado la decisión, basándote en perseguir tu felicidad, que la opción escogida es correcta, y para ello, nada tan eficaz como enfrentarte de frente a la opción desechada. Sí, sí, me he explicado bien: si, tras probar la opción descartada, sigues convencido de que la vía que has escogido es la correcta, nada podrá hacerte dudar jamás sobre tu decisión (espera, ¿he puesto "vía"? vaya, se me ha escapado).
Si escondemos la cabeza emulando a nuestro amigo el avestruz, negando la existencia de la otra opción, no hacemos más que poner en evidencia nuestra propia debilidad, y la inseguridad de sus argumentos. Así, como quien tan solo critica el comunismo después de haber leído a Marx o quien entra en un bar de ultraderecha con palestina para poder aseverar su ideología, debemos mostrarnos siempre dispuestos a analizar, y reconocer, aquello que hemos negado, para poder aferrar con más fuerza lo que hemos escogido.
Sobre este tipo de situaciones, como sobre tantas otras, ya se han dicho muchas cosas, sobre todo gente que tiene un poco más de idea que este humilde escritor de márgenes, pero si dejáramos de hablar por el simple hecho de que ya estuviera todo dicho, nos callaríamos demasiadas cosas y, para empezar, yo no tendría este blog.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Bifurcaciones
lunes, 14 de septiembre de 2009
Ah, septiembre...
Muchas veces me he preguntado por qué el año empieza en Enero. Está claro que empieza por un motivo, eso lo dejo a los astrónomos, pero el caso es que Septiembre es el mes de los comienzos. comienza el curso, el trabajo, y en resumen, todo. El ciclo de la vida vuelve a comenzar, aunque coincida con el inicio del fin, el inicio del otoño. En teoría, las cosas deberían empezar en primavera, con el inicio de la vida, la alegría, la luz. pero los humanos somos así, y basta con que la madre naturaleza diga blanco para que le repliquemos negro. Claro que, bien pensado, ¿donde está el inicio de un círculo? empieza de igual manera el año en septiembre, como en Enero, como en primavera. Un círculo es una forma infinita, sin principio ni final, y no se puede delimitar un extremo, pues es igual en su conjunto.
Ui ¿que es esto? suena a geometría física fundamentada. Mmm... creo que me he metido en el cuarto oscuro.El caso es que, si quieres empezar algo, mejor será que no esperes a las promesas de año nuevo, y vayas aprovechando Septiembre para ir empezando, pues pocos meses están tan diseñados para ello como el que estamos empezando ahora. ¿Como? ¿Que ya llevamos medio mes? Eso no hace más que demostrar la teoría del círculo sin principio, ni siquiera podemos empezar las cosas con el mes de septiembre, sino que hay que comenzarlas a mitad. Bueno, hemos acabado un ciclo, y empieza otro, el verano deja paso al invierno, y todo eso que se dice en estas fechas. Yo lo celebro con un post relajado, de los que dices, para hacer esto no hago nada, que a fuerza de escupir palabras, mucho llena y mucho suena, pero decir, no dice nada.
domingo, 23 de agosto de 2009
Echar segundos por la ventana.
Parece mentira que, en la sociedad en la que vivimos, en la que la gente intercambia sin pensárselo dos veces tiempo por dinero, haya gente que lo deje perder.
Por todos lados encontramos hombres de corbata y maletín, hombres respetables, y racionales, por el simple hecho de llevar dichos distintivos, pagar gasolina por llegar antes al trabajo, por un parking para no tener que perder tiempo buscando un aparcamiento, por una hamburguesa en una bolsa por no tener que sentarse en un bar a pedir que le preparen un bocadillo, por un AVE Madrid-Barcelona, por llegar antes a la playa, por investigaciones para alargar la vida, por el peaje de la autovía, o por preservativos que prolonguen las relaciones para adultos.
Del mismo modo, a estos hombres se les paga porque dediquen ocho horas de su tiempo a realizar alguna actividad para beneficio de otro, y en caso de trabajar más de lo estipulado, es necesario exigir un pago mayor, en compensación.
Es por eso que no podemos esperar que nadie nos preste ni un minuto de su tiempo de manera gratuita. Ya podemos estar retorciéndonos de dolor o asfixiados por una necesidad, que pocos serán los que te regalen desinteresadamente un segundo de su valioso tiempo
“Sí, hombre, con lo que me ha costado a mí”
“He pagado 3,50€ por estos cinco minutos, y no se los voy a dar”
“Ya que he encontrado un minuto en oferta, no se lo voy a dedicar a usted”
“Para eso llevo ahorrando minutos para conseguir este cuarto de hora, para dárselo a alguien que ni siquiera conozco”
Por este motivo, y quizá por algunos más que se me escapan, deberíamos reflexionar los aburridos, los vagos, los hastiados y los escritores si no estamos desperdiciando una materia prima tan valiosa como es el tiempo. Cada minuto que pasamos delante de la pantalla del ordenador, estamos echando por la alcantarilla el dinero que a otros les cuesta tanto de ganar. Es como si estuviéramos asaltando la cartera a nuestros padres para echar el contenido en un pozo, para que, por añadidura, nadie pudiera aprovecharlo. Yo creo que, toda la gente que echa tiempo por la ventana, como si no se dieran cuenta de que hay gente ahora mismo que se está dejando el sueldo por conseguir unos minutos de más, se merecen un buen par de varazos bien dados.
Debería darnos vergüenza.
Vaya, parece que los posts se conservan bastante bien, no se pudren, ni se echan a perder, porque este lleva enlatado unas dos semanas, y sigue igual que cuando lo escribí, el mismo día que el anterior.
¡A disfrutar del verano, que lleva acabándose desde que empezó!
jueves, 6 de agosto de 2009
Ideado, Hablado y Embalado.
Cuando pasas mucho tiempo en compañía de personas humanas (como si hubiera otro tipo de personas) inevitablemente se da el caso que comienzas a hablar. Curiosa manía también la de hablar, ya ves, como si así las cosas que se dicen estuvieran algo más cerca de la realidad.
El caso es que hoy, adolescentes nosotros y adolescente la conversación, nos hemos sorprendido hablando del futuro. Curioso tema, el futuro, pues lo que la gente de la calle se limita a llamar "planes" no serían considerados como tal, y probablemente no serían llevados a cabo, si uno se los guardara para sí mismo y pensara: "podríamos hacer esto, o lo otro..." Para el desarrollo de los "planes" es necesario intercambiarlos con las personas con las que se ha planeado, de lo contrario, nos arriesgamos a que nunca se lleven a cabo. De este modo, hablar sobre ellos es la única manera de que se conviertan en realidad.
Y, aunque como bien dice siempre alguien "esto luego no lo haremos", muchas de estas cosas, de estos "planes" se quedan en el cajón, desbordado ya de por sí, de los planes por realizar.
Pero, también hay que remarcar que, si no se habla de estos "planes", podemos tener por seguro que nunca van a llevarse a cabo.
Así, las cafeterías, heladerías, tascas, bares, parques, aceras, bordillos, asfaltos, hospitales, tanatorios, en este orden y no en otro, se convierten en la factoría de lo que llamamos "planes", siendo su única cadena de montaje una cadena humana, siempre cerrada, y formando a poder ser un círculo o forma geométrica parecida que dificulte el paso a los viandantes, o imposibilite la relajación a aquellos que esperan encontrar silencio en una cafetería. También curioso lugar al que irse a buscar el silencio, u otra cosa que no sea gente hablando de futuros impensables e irrealistas. Eso sí, a voz en grito, pues si no, el prójimo intenta silenciar su propuesta con la tuya, la cual, por definición, es más importante, por el simple hecho de proceder de ti.
Y, al igual que los productos que necesitan de un continuo proceso de fabricación, para que no llegue al consumidor un automóvil sin ruedas, un televisor sin pantalla, o un preservativo sin lubricar, (también noble producto como otro cualquiera, tal vez de mayor importancia que los primeros), los "planes" necesitan de una formación ininterrumpida, para no caer en el olvido, y no llegar nunca a producirse, pasando de "planes" a "hechos".
Esto tan solo se consigue con más conversación, más saturación del tráfico de las aceras, y más molestias a quien busca el silencio en zonas tan absurdas como una cafetería, un bar o el parque que hay junto a la ventana de su casa a medianoche.
Pero, el caso es que, si no planeáramos, no haríamos, y si no hiciéramos, no recordaríamos. Y si bien los recuerdos que forman la estructura de nuestra memoria se han formado de manera espontánea, sin planificarlos, son las cosas planeadas, y sobre todo, esperadas, las que ocupan grandes fechas en nuestras biografías, y en nuestros álbumes de fotos.
Y ya que nos planeamos la vida, planeémonosla bien, ¿No os parece?
E iros a dormir, gamberros, que no son horas.
domingo, 26 de julio de 2009
Rojo y Negro
Salió de su habitación a toda velocidad en cuanto supo que había un incendio. Su madre todavía no había acabado de darle la noticia, y él ya estaba asomado a la terraza del segundo piso, y contemplaba fascinado cómo las lenguas de fuego ascendían más de veinte metros sobre la cima de la montaña que había a dos kilómetros de su casa.
El ser humano siempre ha sentido una extraña fascinación por el fuego. Hay algo en él que lo atrae, tal vez sea porque ha formado parte vital de su vida desde sus más tempranas épocas, o tal vez por el simple ondular de sus llamas, y el misterio que las crea. En los últimos años, al verse limitado el uso del fuego por la luz eléctrica, tal vez el misterio que lo envuelve se ha hecho mayor.
Siempre le había gustado contemplar los incendios, sobre todo cuando llegaban las avionetas a apagarlos. Le gustaba ver como el agua caía desde los depósitos, pulverizada, sobre las llamas, intentando apagarlas, pero sin conseguir sofocarlas por completo.
El resto de la tarde la pasó allí, esperando a que se diera la alarma y llegaran los bomberos. El incendio crecía; se extendía por los secos pinares como si se tratara de un campo de cartón impregnado de gasolina, cubriendo por completo la montaña, y propagándose por las de alrededor, sin nada que pudiera hacer pensar que aquello podría terminar jamás.
Cuanto mayor era el incendio, más difícil lo tenían los bomberos para sofocarlo, y más se prolongaba la extinción.
Su madre lo llamaba desde el piso de abajo; era hora de cenar. Él la ignoró, absorto en el espectáculo que tenía delante.
El rojo se extendía, lanzaba sus brazos color arena en todas direcciones, palpando las ramas de los árboles circundantes, y cuando conseguía aferrarse a ellas, lanzaba todo su potencial, enrollándose como si de una monstruosa serpiente carmesí se tratara, y encaramándose hacia la copa del árbol que acababa de devorar para lanzar una llamarada en señal de satisfacción, con un rugido que se fundía con el crepitar de la madera.
El viento cambió, y una avalancha de color rubí se precipitó montaña abajo, rodando como si realmente estuviera impulsada por la propia gravedad, en lugar de por el viento, devorando árbol tras árbol sin importarle ya la especie.
Su nariz se llenó de olor a humo, cenizas y fuego. La furia del incendio lo golpeó en la cara, pero él permaneció firme, contemplando impasible cómo las llamas llegaban hasta los campos sin cultivar que había a cincuenta metros de su casa. El humo le llenaba los ojos, pero él quería seguir mirando, quería ver cómo el fuego intentaba cruzar el erial, aferrándose a los matorrales que pudiera encontrar. Se agachó para poder ver por debajo de la columna de humo, y de este modo alcanzó a ver cómo un equipo de bomberos lograba repeler las llamas rociándolas con un chorro de agua que, en un principio solo conseguía hacer que se revolvieran más, sin conseguir aplacarlas, pero con la que al final consiguieron hacer retroceder el fuego.
Una vez el infierno que avanzaba por la montaña hubo consumido toda la vegetación y sólo quedó una negra masa humeante, las avionetas y una parte de los camiones se retiraron, y su madre apareció por la puerta de la terraza, y lo abrazó fuertemente contra su pecho, llorando. Pero él no dejaba de mirar cómo el humo se elevaba en espirales hacia el cielo, despejado hacía apenas medio día, y que ahora aparecía encapotado, cubierto de unos amenazantes nubarrones negros, que anunciaban cualquier cosa excepto lluvia.
Al día siguiente, todo el monte que rodeaba la casa estaba calcinado. Los pinos extendían sus raquíticos dedos suplicantes hacia el cielo, y el suelo estaba cubierto por una capa de ceniza en la que se confundían los restos de las agujas de los pinos, los matorrales que cubrían el suelo, y seguramente los restos de algún desafortunado animal que no hubiera podido escapar del incendio.![]()
Allí donde antes había una exuberante masa verde y rebosante de vida ahora tan solo había un desierto gris, negro y humeante, sin ningún tipo de esperanza de recuperarse, al menos en un buen tiempo.
El fuego había destrozado en unas horas lo que tanto tiempo le había costado a la naturaleza crear, y ahora pasarían años hasta que el lugar volviera a renacer. Seguramente sus nietos no volverían a verlo tal y como él había tenido la suerte de hacerlo.
Pero había merecido la pena.
Se despertó y se levantó al instante de la cama, pues el sol entraba a raudales por la ventana de su habitación. Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde. Era un viernes, exactamente 23 de julio de 2009, y aquél día hacía un calor sofocante, y corría un cierto viento, que no parecía tener intención de cesar. Se asomó a la terraza de su villa del interior de la provincia de Castellón, y paseó la mirada por los pinos y arbustos que crecían no muy lejos de las casas.
Y sonrió.
Nadie debería destruir lo que después no pueda volver a crear
domingo, 5 de julio de 2009
Al otro extremo de la carretera
Tras una última mirada atrás, subo al autobús.¿Lo bueno, si breve, dos veces bueno? Desde luego, no se puede aplicar esta norma a los campamentos, ni a los posts, así que aquí os dejo este humilde intento de alcanzar la extensión de Yolanda, o la poesía de Eva o las fotos que ambas han recogido para hacerle la competencia a las mías. A disfrutar del verano!
Todavía no se qué me espera al otro extremo de la carretera que a un paso constante recorremos, pero de lo que sí estoy seguro es de que no será nada malo, ni mucho menos, aburrido. No puede serlo algo que hemos estado esperando durante tanto tiempo. Lo que sí que no tenía previsto era que fuera algo tan extremadamente lejos del mundo real. O, al menos, de mi mundo real.
En aquel otro extremo de la carretera, nada es como en este que pisamos día a día: el asfalto se convierte en yerba, el techo y los edificios, en árboles, y no hacen falta ventanas que nos muestren el exterior, pues la palabra interior pierde todo su significado allí afuera. No necesitamos tapar nuestros oídos con auriculares que nos inunden la mente de música para olvidar los sonidos del siglo; estando allí, pronto olvidas qué sonido hacen los coches, cómo suena una bocina, y a que huele el humo.Aquí, nuestros ojos no pueden recorrer más de un par de metros sin toparse con una pared, o una puerta; allí lo único que encuentran constantemente son las miradas de los demás.
Y es que ningún significado tendría todo aquello sin la gente que te acompaña. Aquí, a menudo tienes que ir hasta el espejo para poder ver otros ojos mirándote; allí, pronto olvidas incluso como es tu propio rostro, pues las caras de los demás están marcadas a fuego en tu mente, como el dibujo que hace en tu retina un rayo de sol que has mirado directamente; siempre contigo, siempre acompañándote. Bajo ningún concepto nadie duerme, camina, come o se lava los dientes solo: se puede imaginar la vida allí sin tiendas; se puede imaginar la vida allí sin los sacos de los cubiertos, sin las mesas del comedor, sin la casa, sin los baños, sin nuestras mochilas, sin las marchas, el río, los árboles, o incluso las mismas montañas; pero de ningún modo cabe en nuestra cabeza la idea de aquél sitio sin las personas que nos rodean (recordando cierta actividad, de las tantas que se hicieron, en que construíamos edificios con nuestros cuerpos).
Pocas cosas son las necesarias para construir el otro extremo de la carretera. De hecho, cosas ninguna, tan solo personas. Es por eso que, mientras estamos allí, nos olvidamos de cosas tan vitales como el ordenador, el móvil, la cartera, y todas las cosas materiales que aquí se nos presentan indispensables. Allí ya pueden ensuciarnos las zapatillas, que las limpiamos; ya pueden escondernos los cubiertos, que los buscamos; ya podemos perder el dentífrico, que no gastaremos ni un minuto de nuestro tiempo para buscarlo.Eso sí, cuando falta alguien, su ausencia se hace de notar de inmediato.
En un objeto, en un lugar, en una acción, la ausencia de los ausentes se siente más que la presencia de los presentes.
Pero si para algo estamos allí es para olvidar, girarnos, dejar atrás todo lo material, lo nuevo, y lo cómodo, y adentrarnos en las profundidades de nuestras emociones, de la vida tal como fue creada; sin ataduras, sin condiciones, y sin parches de frialdad asegurados con remaches de egoísmo. Y es que, cuando llegas allí, dejas la mochila en el suelo, miras a tu alrededor y por un momento, deja de existir la carretera, y lo que te has dejado en este lado. Por un momento, para ti solo existen árboles, yerba, cielo, y una treintena de personas que van a acompañarte para que, durante una semana, guardes tus prejuicios en lo más hondo de la mochila, revuelques tus penas en el barro, sumerjas el estrés en agua con harina, y te tires al río para salir completamente nuevo, tiritando para sacudirte todo rastro de asfalto, humo, farolas o acero, y emerjas como un nuevo ser, dando gracias al cielo por enviarte el sol, y por haber creado todo aquello.
Dios bendiga los campamentos de verano.
martes, 16 de junio de 2009
No somos nadie
- ¿Como puede haber llegado a esta situación?
- No lo sé, caballero. Le juro por Dios que no lo sé.
- Lo tiene todo. Su vida es la vida que cualquier ciudadano decente puede desear: tiene un cargo importante en una empresa multinacional, está casado con una mujer que lo ama y tiene unos hijos maravillosos; su carrera está en su apogeo, y la semana pasada, según me han contado, llegó incluso a comprarse un yate. ¿Que fue lo que le hizo llegar a esto?
El hombre miró hacia abajo, al enorme vacío que se abría a los pies del rascacielos al que estaba subido, y la visión del suelo doscientos metros bajo él lo sobrecogió.
- Ni idea. No se que daría por saberlo, se lo aseguro; pero el caso es que no lo sé
- ¿Acaso fue por algo que le ocurrió? ¿Algún negocio le salió mal, discutió con su familia, o tal vez con algún amigo?
- No, le puedo asegurar que no fue nada de eso.
- Pues no veo motivo por el cual una persona en su estado podría siquiera plantearse la idea del suicidio.
- La vida da tantos giros...
Su compañero quedó pensativo un momento, dando vueltas a una idea que empezaba a formarse
- Tal vez...
- ¿Si?
- No, pensaba que tal vez, lo que puede haberlo llevado a esta situación puede haber sido su propia vida. Tal vez, esta vida no le llene. Quizás esto no es lo que quería; no es aquello con lo que soñaba. ¿Puede ser, caballero, que un día se haya visto de pronto envuelto en una realidad que no le agrada, que no le llena, y de la que no hay manera de escapar, y por eso ha decidido suicidarse?
El hombre alzó la vista por un momento del vacío y miró al hombre que había junto a él.
- ¿Sabe? creo que podría tener usted razón.
- Ya se lo digo yo. Y hágame caso, porque yo he visto muchos casos como el suyo. En ocasiones, una persona se deja guiar por el interés, o por alcanzar el poder, y no piensa en lo que realmente le haría feliz, abandonando así sus sueños. Hay personas que se dan cuenta de ello en el lecho de muerte, cuando ya el señor los llama a su presencia; otras, sin embargo, lo descubren en medio de su vida, y no tienen más opción que intentar cambiar. En su caso, no ha podido cambiar, y eso es lo que lo ha llevado hasta aquí.
- ¿Y no hay nada que pueda hacer, una vez descubierto el motivo?
- Bueno, supongo que podría rectificar; romper con todo lo que ha hecho hasta ahora, y dar un giro brusco a su vida. En conjunto, salir en busca de aquello que realmente le va a hacer feliz.
- Pero... a todo esto. ¿Esto no se lo tendríamos que decir a él?
- Tal vez, caballero, tal vez debiéramos.
Su acompañante, al igual que él, dirigió la vista unos metros más allá, donde, subido a la misma balaustrada donde se apoyaban ellos, un hombre terminaba sus oraciones y se disponía a saltar desde la azotea de un rascacielos.
- Mire, parece que ya ha acabado de rezar
Los pies del suicida se levantaron del suelo. El hombre que estaba más cerca suspiró.
- Ahí va... ya no hay nada que hacer. Sinceramente, no creí que acabara haciéndolo.
Su acompañante asintió. Se irguió y echó a andar tras despedirse con unas palmadas en el hombro.
- No somos nadie.
- Sin duda, caballero, no somos nadie.
Después de librarse definitivamente del monstruo al que la gente insiste en llamar exámenes, las luminosas noches veraniegas, antes ocupadas en estudiar, leer, o simplemente dormir, que buena falta hacía, se llenan de momentos de inactividad en que la mente empieza a transpirar por efecto del calor.
¿La mente transpira? Por supuesto, al igual que el cuerpo, necesita expulsar aquello que no necesita; los desperdicios que genera su propio funcionamiento. Para estos momentos de transpiración mental, conviene tener siempre un trozo de papel para secarse todo ese antihigiénico y incómodo montón de letras, ya sea el papel físico o virtual. Después de esto, lo lógico sería tirar el papel a la basura, pero como hay algo que me impide por completo tirar a la basura cualquier cosa que lleve letras, y más si proceden de mí, acabo escurriendo este sudor mental en el blog, con la esperanza de que, tal vez, alguien quiera dejar un par de gotitas ahí abajo, donde pone "comentarios".
Ya esta aquí el verano, y con el, los posts veraniegos, sofocantes y espesos.
domingo, 17 de mayo de 2009
Deslices fotográficos
Pues bien, hoy dedico este post a mis "Deslices Fotográficos".
Siempre me ha gustado absorber paisajes con la mirada; Quedarme quieto y dejar que la visión de un río, un valle o una montaña me llenara los ojos, entrara a raudales por
mis pupilas, e inundara mi mente dejándola libre de otra cosa que no fuera el lugar en que me encontraba. El hecho de poder olvidarme de todo lo demás, y simplemente mirar, mirar y no hacer nada más, como si hubiera dejado de ser yo para limitarme a ser un par de ojos flotando en el aire, me relajaba de una manera asombrosa.
¿Que haces cuando te ha gustado mucho una película? Comprarla en DVD. (Más bien bajártela por el emule)
¿Que haces cuando te gusta mucho una canción? Compras el CD (bueno, sí, y de paso un póster y una camiseta)
¿Que haces cuando te gusta mucho algún lugar? La respuesta que nos llega inmediatamente a la mente es: hacer una fotografía.
Pues bien, yo discrepo. Si tuviera que contar con los dedos las veces que me ha decepcionado la fotografía de un paisaje que, en vivo, ha conseguido hipnotizarme, dejaría de poder rascarme antes de empezar.
No se puede (o yo al menos no se) capturar por completo un paisaje dentro de una fotografía. Hay cosas que no se pueden plasmar en un papel, y que hacen que la imagen esté incompleta. Ésta es la conclusión a la que he llegado tras kilobytes y kilobytes de fotografías de masas de un verde uniforme que los demás, cuando las miran, no pueden más que ladear la cabeza, fruncir el ceño, intentar descubrir el dibujo oculto y preguntar "¿Que es?", a lo que yo me veo forzado a responder "Emmm…Nada". Aquí cabe destacar que, si la cámara no fuera digital, la mitad de las fotos se quedarían donde están, ya que solo la aparentemente ilimitada capacidad de una tarjetita SD nos permite llevar a cabo este derroche fotográfico, con el que llenamos la memoria del ordenador de "Emm…Nada".
Ahora que, si esto fuera cierto, y la fotografía fuera siempre inferior a la imagen real, no veríamos esas fotografías tan impresionantes que salen cuando pones cualquier palabra en el buscador de imágenes de Google, los vendedores de postales tendrían que vender camisetas, y todos los fotógrafos acabarían en el paro. Que yo no sepa hacer fotografías como dios manda no quiere decir que no sea posible hacer verdaderas obras de arte con una cámara.
Son muchos los años que llevo manejando mi cámara digital, y algún que otro momento de locura al fijarme en el juego de luces de una simple hoja, una puesta de sol especialmente peculiar, algún que otro afortunado accidente de la naturaleza, o el siempre bello y encapotado cielo de París, han hecho posible que, si miras a la derecha de este blog, y le das a la rudecita hacia abajo, encuentres algunos de los más afortunados segundos que mi humilde Fujifilm ha tenido la suerte de poder capturar.

