domingo, 26 de julio de 2009

Rojo y Negro

Salió de su habitación a toda velocidad en cuanto supo que había un incendio. Su madre todavía no había acabado de darle la noticia, y él ya estaba asomado a la terraza del segundo piso, y contemplaba fascinado cómo las lenguas de fuego ascendían más de veinte metros sobre la cima de la montaña que había a dos kilómetros de su casa.
El ser humano siempre ha sentido una extraña fascinación por el fuego. Hay algo en él que lo atrae, tal vez sea porque ha formado parte vital de su vida desde sus más tempranas épocas, o tal vez por el simple ondular de sus llamas, y el misterio que las crea. En los últimos años, al verse limitado el uso del fuego por la luz eléctrica, tal vez el misterio que lo envuelve se ha hecho mayor.
Siempre le había gustado contemplar los incendios, sobre todo cuando llegaban las avionetas a apagarlos. Le gustaba ver como el agua caía desde los depósitos, pulverizada, sobre las llamas, intentando apagarlas, pero sin conseguir sofocarlas por completo.
El resto de la tarde la pasó allí, esperando a que se diera la alarma y llegaran los bomberos. El incendio crecía; se extendía por los secos pinares como si se tratara de un campo de cartón impregnado de gasolina, cubriendo por completo la montaña, y propagándose por las de alrededor, sin nada que pudiera hacer pensar que aquello podría terminar jamás.
Cuanto mayor era el incendio, más difícil lo tenían los bomberos para sofocarlo, y más se prolongaba la extinción.
Su madre lo llamaba desde el piso de abajo; era hora de cenar. Él la ignoró, absorto en el espectáculo que tenía delante.
El rojo se extendía, lanzaba sus brazos color arena en todas direcciones, palpando las ramas de los árboles circundantes, y cuando conseguía aferrarse a ellas, lanzaba todo su potencial, enrollándose como si de una monstruosa serpiente carmesí se tratara, y encaramándose hacia la copa del árbol que acababa de devorar para lanzar una llamarada en señal de satisfacción, con un rugido que se fundía con el crepitar de la madera.
El viento cambió, y una avalancha de color rubí se precipitó montaña abajo, rodando como si realmente estuviera impulsada por la propia gravedad, en lugar de por el viento, devorando árbol tras árbol sin importarle ya la especie.
Su nariz se llenó de olor a humo, cenizas y fuego. La furia del incendio lo golpeó en la cara, pero él permaneció firme, contemplando impasible cómo las llamas llegaban hasta los campos sin cultivar que había a cincuenta metros de su casa. El humo le llenaba los ojos, pero él quería seguir mirando, quería ver cómo el fuego intentaba cruzar el erial, aferrándose a los matorrales que pudiera encontrar. Se agachó para poder ver por debajo de la columna de humo, y de este modo alcanzó a ver cómo un equipo de bomberos lograba repeler las llamas rociándolas con un chorro de agua que, en un principio solo conseguía hacer que se revolvieran más, sin conseguir aplacarlas, pero con la que al final consiguieron hacer retroceder el fuego.
Una vez el infierno que avanzaba por la montaña hubo consumido toda la vegetación y sólo quedó una negra masa humeante, las avionetas y una parte de los camiones se retiraron, y su madre apareció por la puerta de la terraza, y lo abrazó fuertemente contra su pecho, llorando. Pero él no dejaba de mirar cómo el humo se elevaba en espirales hacia el cielo, despejado hacía apenas medio día, y que ahora aparecía encapotado, cubierto de unos amenazantes nubarrones negros, que anunciaban cualquier cosa excepto lluvia.
Al día siguiente, todo el monte que rodeaba la casa estaba calcinado. Los pinos extendían sus raquíticos dedos suplicantes hacia el cielo, y el suelo estaba cubierto por una capa de ceniza en la que se confundían los restos de las agujas de los pinos, los matorrales que cubrían el suelo, y seguramente los restos de algún desafortunado animal que no hubiera podido escapar del incendio.
Allí donde antes había una exuberante masa verde y rebosante de vida ahora tan solo había un desierto gris, negro y humeante, sin ningún tipo de esperanza de recuperarse, al menos en un buen tiempo.
El fuego había destrozado en unas horas lo que tanto tiempo le había costado a la naturaleza crear, y ahora pasarían años hasta que el lugar volviera a renacer. Seguramente sus nietos no volverían a verlo tal y como él había tenido la suerte de hacerlo.

Pero había merecido la pena.

Se despertó y se levantó al instante de la cama, pues el sol entraba a raudales por la ventana de su habitación. Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde. Era un viernes, exactamente 23 de julio de 2009, y aquél día hacía un calor sofocante, y corría un cierto viento, que no parecía tener intención de cesar. Se asomó a la terraza de su villa del interior de la provincia de Castellón, y paseó la mirada por los pinos y arbustos que crecían no muy lejos de las casas.
Y sonrió.


Nadie debería destruir lo que después no pueda volver a crear

domingo, 5 de julio de 2009

Al otro extremo de la carretera

Tras una última mirada atrás, subo al autobús.
Todavía no se qué me espera al otro extremo de la carretera que a un paso constante recorremos, pero de lo que sí estoy seguro es de que no será nada malo, ni mucho menos, aburrido. No puede serlo algo q
ue hemos estado esperando durante tanto tiempo. Lo que sí que no tenía previsto era que fuera algo tan extremadamente lejos del mundo real. O, al menos, de mi mundo real.
En aquel otro extremo de la carretera, nada es como en este que pisamos día a día: el asfalto se convierte en yerba, el techo y los edificios, en árboles, y no hacen falta ventanas que nos muestren el exterior, pues la palabra interior pierde todo su significado allí afuera. No necesitamos tapar nuestros oídos con auriculares que nos inunden la mente de música para olvidar los sonidos del siglo; estando allí, pronto olvidas qué sonido hacen los coches, cómo suena una bocina, y a que huele el humo.Aquí, nuestros ojos no pueden recorrer más de un par de metros sin toparse con una pared, o una puerta; allí lo único que encuentran constantemente son las miradas de los demás.
Y es que ningún significado tendría todo aquello sin la gente que te acompaña. Aquí, a menudo tienes que ir hasta el espejo para poder ver otros ojos mirándote; allí, pronto olvidas incluso como es tu propio rostro, pues las caras de los demás están marcadas a fuego en tu mente, como el dibujo que hace en tu retina un rayo de sol que has mirado directamente; siempre contigo, siempre acompañándote. Bajo ningún concepto nadie duerme, camina, come o se lava los dientes solo: se puede imaginar la vida allí sin tiendas; se puede imaginar la vida allí sin los sacos de los cubiertos, sin las mesas del comedor, sin la casa, sin los baños, sin nuestras mochilas, sin las marchas, el río, los árboles, o incluso las mismas montañas; pero de ningún modo cabe en nuestra cabeza la idea de aquél sitio sin las personas que nos rodean (recordando cierta actividad, de las tantas que se hicieron, en que construíamos edificios con nuestros cuerpos).
Pocas cosas son las necesarias para construir el otro extremo de la carretera. De hecho, cosas ninguna, tan solo personas. Es por eso que, mientras estamos allí, nos olvidamos de cosas tan vitales como el ordenador, el móvil, la cartera, y todas las cosas materiales que aquí se nos presentan indispensables. Allí ya pueden ensuciarnos las zapatillas, que las limpiamos; ya pueden escondernos los cubiertos, que los buscamos; ya p
odemos perder el dentífrico, que no gastaremos ni un minuto de nuestro tiempo para buscarlo. Eso sí, cuando falta alguien, su ausencia se hace de notar de inmediato.
En un objeto, en un lugar, en una acción, la ausencia de los ausentes se siente más que la presencia de los presentes.
Pero si para algo estamos allí es para olvidar, girarnos, dejar atrás todo lo material, lo nuevo, y lo cómodo, y adentrarnos en las profundidades de nuestras emociones, de la vida tal como fue creada; s
in ataduras, sin condiciones, y sin parches de frialdad asegurados con remaches de egoísmo. Y es que, cuando llegas allí, dejas la mochila en el suelo, miras a tu alrededor y por un momento, deja de existir la carretera, y lo que te has dejado en este lado. Por un momento, para ti solo existen árboles, yerba, cielo, y una treintena de personas que van a acompañarte para que, durante una semana, guardes tus prejuicios en lo más hondo de la mochila, revuelques tus penas en el barro, sumerjas el estrés en agua con harina, y te tires al río para salir completamente nuevo, tiritando para sacudirte todo rastro de asfalto, humo, farolas o acero, y emerjas como un nuevo ser, dando gracias al cielo por enviarte el sol, y por haber creado todo aquello.

Dios bendiga los campamentos de verano.
¿Lo bueno, si breve, dos veces bueno? Desde luego, no se puede aplicar esta norma a los campamentos, ni a los posts, así que aquí os dejo este humilde intento de alcanzar la extensión de Yolanda, o la poesía de Eva o las fotos que ambas han recogido para hacerle la competencia a las mías. A disfrutar del verano!

martes, 16 de junio de 2009

No somos nadie

- ¿Como puede haber llegado a esta situación?
- No lo sé, caballero. Le juro por Dios que no lo sé.
- Lo tiene todo. Su vida es la vida que cualquier ciudadano decente puede desear: tiene un cargo importante en una empresa multinacional, está casado con una mujer que lo ama y tiene unos hijos maravillosos; su carrera está en su apogeo, y la semana pasada, según me han contado, llegó incluso a comprarse un yate. ¿Que fue lo que le hizo llegar a esto?

El hombre miró hacia abajo, al enorme vacío que se abría a los pies del rascacielos al que estaba subido, y la visión del suelo doscientos metros bajo él lo sobrecogió.

- Ni idea. No se que daría por saberlo, se lo aseguro; pero el caso es que no lo sé
- ¿Acaso fue por algo que le ocurrió? ¿Algún negocio le salió mal, discutió con su familia, o tal vez con algún amigo?
- No, le puedo asegurar que no fue nada de eso.
- Pues no veo motivo por el cual una persona en su estado podría siquiera plantearse la idea del suicidio.
- La vida da tantos giros...

Su compañero quedó pensativo un momento, dando vueltas a una idea que empezaba a formarse

- Tal vez...
- ¿Si?
- No, pensaba que tal vez, lo que puede haberlo llevado a esta situación puede haber sido su propia vida. Tal vez, esta vida no le llene. Quizás esto no es lo que quería; no es aquello con lo que soñaba. ¿Puede ser, caballero, que un día se haya visto de pronto envuelto en una realidad que no le agrada, que no le llena, y de la que no hay manera de escapar, y por eso ha decidido suicidarse?

El hombre alzó la vista por un momento del vacío y miró al hombre que había junto a él.

- ¿Sabe? creo que podría tener usted razón.
- Ya se lo digo yo. Y hágame caso, porque yo he visto muchos casos como el suyo. En ocasiones, una persona se deja guiar por el interés, o por alcanzar el poder, y no piensa en lo que realmente le haría feliz, abandonando así sus sueños. Hay personas que se dan cuenta de ello en el lecho de muerte, cuando ya el señor los llama a su presencia; otras, sin embargo, lo descubren en medio de su vida, y no tienen más opción que intentar cambiar. En su caso, no ha podido cambiar, y eso es lo que lo ha llevado hasta aquí.
- ¿Y no hay nada que pueda hacer, una vez descubierto el motivo?
- Bueno, supongo que podría rectificar; romper con todo lo que ha hecho hasta ahora, y dar un giro brusco a su vida. En conjunto, salir en busca de aquello que realmente le va a hacer feliz.
- Pero... a todo esto. ¿Esto no se lo tendríamos que decir a él?
- Tal vez, caballero, tal vez debiéramos.

Su acompañante, al igual que él, dirigió la vista unos metros más allá, donde, subido a la misma balaustrada donde se apoyaban ellos, un hombre terminaba sus oraciones y se disponía a saltar desde la azotea de un rascacielos.

- Mire, parece que ya ha acabado de rezar

Los pies del suicida se levantaron del suelo. El hombre que estaba más cerca suspiró.

- Ahí va... ya no hay nada que hacer. Sinceramente, no creí que acabara haciéndolo.

Su acompañante asintió. Se irguió y echó a andar tras despedirse con unas palmadas en el hombro.

- No somos nadie.
- Sin duda, caballero, no somos nadie.



Después de librarse definitivamente del monstruo al que la gente insiste en llamar exámenes, las luminosas noches veraniegas, antes ocupadas en estudiar, leer, o simplemente dormir, que buena falta hacía, se llenan de momentos de inactividad en que la mente empieza a transpirar por efecto del calor.
¿La mente transpira? Por supuesto, al igual que el cuerpo, necesita expulsar aquello que no necesita; los desperdicios que genera su propio funcionamiento. Para estos momentos de transpiración mental, conviene tener siempre un trozo de papel para secarse todo ese antihigiénico y incómodo montón de letras, ya sea el papel físico o virtual. Después de esto, lo lógico sería tirar el papel a la basura, pero como hay algo que me impide por completo tirar a la basura cualquier cosa que lleve letras, y más si proceden de mí, acabo escurriendo este sudor mental en el blog, con la esperanza de que, tal vez, alguien quiera dejar un par de gotitas ahí abajo, donde pone "comentarios".
Ya esta aquí el verano, y con el, los posts veraniegos, sofocantes y espesos.

domingo, 17 de mayo de 2009

Deslices fotográficos

Tras recuperarme de la resaca post-parisina, hacer un lavado de cara al blog, que buena falta le hacía, y darle una y mil vueltas al anónimo misterioso, (el autor del cual aun no ha aparecido, por cierto) y tras una semana de miedo, a causa de los examenes i el ruter, que ha decidido tomarse una semana libre, vuelvo a la marcha bloguera habitual, con una nueva "sección", si se la puede llamar así, del blog. La verdad, no se si se le puede llamar nueva, porque como quizás ya hayáis observado, antes ya estaba, aunque no había tenido tiempo hasta ahora para dedicarle unas palabras a esos extraños objetos que aparecen, así por que sí, en el margen derecho del blog (todavía no se como llenar el izquierdo) en cuanto se acaba todo lo demás, y que parecen estar ahí tan solo para llenar hueco.
Pues bien, hoy dedico este post a mis "Deslices Fotográficos".


Siempre me ha gustado absorber paisajes con la mirada; Quedarme quieto y dejar que la visión de un río, un valle o una montaña me llenara los ojos, entrara a raudales por

mis pupilas, e inundara mi mente dejándola libre de otra cosa que no fuera el lugar en que me encontraba. El hecho de poder olvidarme de todo lo demás, y simplemente mirar, mirar y no hacer nada más, como si hubiera dejado de ser yo para limitarme a ser un par de ojos flotando en el aire, me relajaba de una manera asombrosa.
¿Que haces cuando te ha gustado mucho una película? Comprarla en DVD. (Más bien bajártela por el emule)
¿Que haces cuando te gusta mucho una canción? Compras el CD (bueno, sí, y de paso un póster y una camiseta)
¿Que haces cuando te gusta mucho algún lugar? La respuesta que nos llega inmediatamente a la mente es: hacer una fotografía.
Pues bien, yo discrepo. Si tuviera que contar con los dedos las veces que me ha decepcionado la fotografía de un paisaje que, en vivo, ha conseguido hipnotizarme, dejaría de poder rascarme antes de empezar.
No se puede (o yo al menos no se) capturar por completo un paisaje dentro de una fotografía. Hay cosas que no se pueden plasmar en un papel, y que hacen que la imagen esté incompleta. Ésta es la conclusión a la que he llegado tras kilobytes y kilobytes de fotografías de masas de un verde uniforme que los demás, cuando las miran, no pueden más que ladear la cabeza, fruncir el ceño, intentar descubrir el dibujo oculto y preguntar "¿Que es?", a lo que yo me veo forzado a responder "Emmm…Nada". Aquí cabe destacar que, si la cámara no fuera digital, la mitad de las fotos se quedarían donde están, ya que solo la aparentemente ilimitada capacidad de una tarjetita SD nos permite llevar a cabo este derroche fotográfico, con el que llenamos la memoria del ordenador de "Emm…Nada".
Ahora que, si esto fuera cierto, y la fotografía fuera siempre inferior a la imagen real, no veríamos esas fotografías tan impresionantes que salen cuando pones cualquier palabra en el buscador de imágenes de Google, los vendedores de postales tendrían que vender camisetas, y todos los fotógrafos acabarían en el paro. Que yo no sepa hacer fotografías como dios manda no quiere decir que no sea posible hacer verdaderas obras de arte con una cámara.


Son muchos los años que llevo manejando mi cámara digital, y algún que otro momento de locura al fijarme en el juego de luces de una simple hoja, una puesta de sol especialmente peculiar, algún que otro afortunado accidente de la naturaleza, o el siempre bello y encapotado cielo de París, han hecho posible que, si miras a la derecha de este blog, y le das a la rudecita hacia abajo, encuentres algunos de los más afortunados segundos que mi humilde Fujifilm ha tenido la suerte de poder capturar.

domingo, 3 de mayo de 2009

Adoquines en el alma

Era viernes. ¿O era sábado ya? No sabría decirlo.
De lo que sí que estaba seguro era de que, sin darme cuenta, ya había alcanzado la cima; y también estaba seguro de que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado a pedalear sobre los adoquines le hubiera resultado mucho más duro de lo que me había resultado a mí.
Desde que había salido del piso donde vivía, en alquiler, por supuesto, desde hacía tres meses, había comenzado a llover dos veces, y ambas había parado con la misma rapidez con la que había empezado. Parecía como si el cielo se muriera de ganas de descargar sus repletos nubarrones, pero se arrepintiera de hacerlo sobre una ciudad como aquella.
Como ya había hecho más veces, me bajé de la bicicleta para pasar entre los pintores callejeros que ocupaban buena parte del día en ganarse la vida retratando turistas para después poder recoger los caballetes, las pinturas y los pinceles y escalar, como yo estaba haciendo en aquel momento, los últimos metros de Montmartre para buscar un panorama que les resultara digno de plasmar en sus lienzos, al igual que yo los plasmaba a golpe de teclado.
Habían pasado tres meses desde que había llegado a París. Había pasado ya noventa tardes deambulando por las calles adoquinadas, salpicadas de charcos y de miles y miles de pisadas, de toda la gente que iba y venía de sus trabajos, sin que el frenético ritmo del siglo veintiuno les permitiera detenerse un momento a contemplar aquella maravillosa ciudad que se abría a su alrededor. Más de veinte de esas tardes mis pasos me habían llevado hasta el barrio bohemio, a la colina de Montmartre. Pero aún así, no podía evitar que se me saltaran las lágrimas cada vez que volvía allí.
Fue debajo de la basílica del Sacre Coeur donde detuve mi bicicleta.
Desde lo alto de la Torre Eiffel, París se mostraba en todo su esplendor: miraras hacía donde miraras, tus ojos solo veían París; era difícil vislumbrar algo que estuviera más allá de sus límites. Podías distinguir con facilidad cualquier punto clave de la ciudad, y admirar el Sena en todo su esplendor. La torre Eiffel estaba ideada para admirar París, y ser símbolo de su orgullo.
Desde lo alto del Montmartre, sin embargo, París era un insecto vuelto patas arriba que no puede darse la vuelta, era el trasero de un pavo real. Desde Montmartre no ves el Sena; te has de esforzar para ver el arco del Triunfo, o algún otro monumento insigne; a duras penas consigues ver la torre Eiffel. Desde Montmartre, ves un París que se revuelve para mostrarte su cara buena, y no sabe cómo. Pero lo que no sabe París es que te está enseñando una cara igual de bella que la que está acostumbrada a mostrar, o incluso más. Desde allí, se ve un parís humilde, un parís grande, bello, formado exclusivamente por modestos edificios que no superan en altura a los monumentos; que no se ven intimidados por la sombra de la imponente torre Eiffel.
Mientras miro como la ciudad se escandaliza al descubrir que la estoy viendo desde este ángulo, dejo la bicicleta atada a la barandilla que rodea la iglesia, y saco la funda del portátil del portamaletas. La bici también es de alquiler, así que será mejor que no la estropee.

Paso tras paso, me dejo caer sobre los peldaños de la escalinata que, desde las puertas del Sacre Coeur, se desenrollan como una interminable lengua blanca y verde.
Después de haber bajado más peldaños de los que sin duda tiene cualquier otra escalera llega un momento en que mis pies no quieren avanzar más. Está bien. Busco un banco, y me siento.
Saco el portátil de su funda, lo abro, y lo enciendo.
Durante un último momento, levanto la vista para contemplar París, ahora un poco dado la vuelta, recuperando la compostura, para mostrarme tan solo las impecables fachadas de sus edificios. Aunque luego me arrepienta, no puedo evitar mirar hacia el lugar donde el sol comienza a descender cada vez más rápidamente para salir al encuentro del horizonte.
Alzo la cabeza e inspiro. París se vuelve entonces aire, y se quiere meter dentro de mí, y doblegarme a su voluntad. Sin que no pueda hacer nada, mi pecho se llenan de París, y me siento como si toda la vida hubiera estado respirando a medias, y aquella fuera la primera vez que podía saciar mis pulmones. Una vez satisfecho, dejo de respirar para escuchar el silencio, dueño indiscutible de aquel lugar. Tan solo el viento se atreve a desafiar el silencio que la ciudad convierte en su canto. Mis oídos se llenan de París. Incluso me parece poder saborear París.

De pronto, París se escapa de mi cuerpo en un largo y silencioso suspiro.
Bajo la vista hacia el teclado, y escribo esto.

Por un momento había vuelto allí. De nuevo estaba en la colina de Montmartre, contemplando París. De nuevo paseaba por el barrio bohemio, rodeado de pintores. De nuevo el Sena se deslizaba bajo mis pies, sin nada interponiéndose entre nosotros que un puente de piedra. De nuevo alzaba la vista hacia la Torre Eiffel, sin poder dejar de admirarla. De nuevo mis mandíbulas se separaban como si quisieran comerse el Arco del Triunfo. De nuevo deambulaba entre los frutos de miles de mentes geniales en el museo del Louvre. De nuevo paseaba por calles que rezuman historia, limpias y adoquinadas. De nuevo tomaba un café mientras miraba París a través de una discreta mirilla del tamaño de una pared que se abría en la fachada de un local con nombre de infusión, y de nuevo contemplaba el atardecer sobre las aguas del río Sena (o uno de sus canales, nunca llegue a saberlo) a través de una alambrada.
De nuevo llovía sobre mi alma desnuda, arrastrándola hacia el fondo del Sena, y llevándola consigo, separándola de mi cuerpo mediterráneo, y haciéndola descansar sobre un lecho de adoquines mojados por charcos; charcos de una realidad que no cabe dentro de ningún molde que yo haya tenido el placer de conocer antes.


Entrada melancólica, rememorando aquellos inolvidables días pasados en la que, hasta ahora, yo había considerado simplemente la engreída capital del país vecino. Se que hoy en día se hace un uso abusivo del término "inolvidable", pero sin duda los días pasados en la capital francesa merecen ese título con creces, tanto por la embriagante belleza de la ciudad como por las interminables, y ojala eternas noches.

Simplemente, me he dejado algo en París, y no podré descansar tranquilo hasta que vuelva allí para recuperarlo.


P.D: a toda la gente que últimamente entra en el blog, os agradezco el apoyo, pero, no cuesta mucho un "me ha gustado mucho la entrada”, un " sigue así" o un "menuda mierda de post", y a mi me sirve de mucho, sobre todo moralmente.

miércoles, 15 de abril de 2009

Huyendo

El sol brillaba, rojo, frente a él, y a medida que anochecía, su perseguidor parecía aumentar de tamaño. Sus pies se sacudían, frenéticos, bajo él, como si quisieran correr más deprisa que él mismo, aún así, su perseguidor seguía estando igual de cerca. Su voz desgarraba, angustiada, su garganta, lanzándole gritos, pero su perseguidor no respondía, limitándose a perseguirlo. Sus ojos seguían, lúcidos, en sus cuencas, pero aún así, su perseguidor, que en un principio había parecido tan humano como él mismo, se le mostraba ahora aterrador, monstruoso. Las calles pasaban, silbando, junto a él, pero siempre había más que atravesar, y más que recorrer, más por las que adentrarse, y más que quedaban atrás; las mismas que dejaba atrás su perseguidor. Su rostro se volvía, contraído por el terror, una y otra vez, para volver a apartarse de la desquiciante visión de su perseguidor. Su miedo crecía, angustiante, con cada una de aquellas miradas. Y sus pies no se detenían, totalmente independientes de cualquier orden que no fuera la de huir, y continuaban huyendo. El sol brillaba, sesgado por el horizonte, cada vez con menos fuerza. Su fuerza lo abandonaba, desertora, y se unía al perseguidor, para hacerlo mayor y más terrible. El horizonte devoraba, ansioso, el disco carmesí que luchaba por arrojar unos últimos rayos de luz sobre su cara. La noche parecía, a su espalda, envolver a su perseguidor, animándolo, y azuzándolo contra él con susurros de odio. El debilitado resplandor anaranjado que el sol apenas arrojaba tras los edificios conseguía, prueba evidente del cercano final del día, vaticinar también su propio fin, haciendo que lo abandonara toda esperanza. Sus rodillas cedieron, quebradas, haciendo que se desplomara contra el suelo, y sus brazos, frenéticos, buscaron en vano algo que lo salvara, para dar solo con una pared, en la que se apoyó, deseando más que cualquier otra cosa hundirse en ella. Sus ojos, hundidos en sus cuencas como queriendo huir de su perseguidor, contemplaban horrorizados como éste había crecido hasta ocupar todo el campo de su visión. Su alma, encogida, se rindió a aquello que, desde que había sido descubierto, no se había separado ni un momento de él, siguiéndolo, agobiándolo con su compañía y negándole la soledad, para finalmente echar a correr tras él, en el mismo instante en que decidía iniciar la huida, siempre pegado a sus pies.


De como, en algunos momentos, buscamos huir de todo, y de como, huyendo de todo, nos encontramos huyendo de nosotros mismos, de lo que somos, y de cómo somos, queriendo a veces quitarnos la piel para vestir otra que nos resulta mejor, o más cómoda, y llegando a extremos tales como odiarnos a nosotros mismos, o incluso temernos.

martes, 7 de abril de 2009

¿Cara o cruz?

El otro día, alguien hizo llegar a mis oídos una frase que me hizo reflexionar: ¿por que alguien tiene que elegir siempre entre dos opciones, por que no puede quedarse en el medio?
Bueno, la frase no era realmente así, realmente la pregunta tenía un matiz político, pero esto es lo que tenía impreso en el fondo esta pregunta.

Mentiría si dijera que siempre nos vemos obligados a elegir entre DOS opciones, que nunca podemos quedarnos en el medio, pues este mundo es muy grande, y para eso existen los números, las carreras universitarias, y la carta del Macdonald's - aunque no sé si se puede llamar carta a algo que está impreso sobre la pared-.
No siempre las opciones son dos, pero lo que sí que es verdad es que, en las decisiones importantes, los conceptos de peso, el mundo está dividido en dos. Y, por si fuera poco, son dos ideas totalmente opuestas, como las dos caras de una moneda, en la cual no puedes ver uno de sus lados sin tener que ocultar el otro - Aquí no nos sirve el ejemplo de "cine o teatro"-.
Izquierda y derecha, hombre y mujer, extranjeros y autóctonos, religión y ateísmo, ricos y pobres, altos y bajos, negros y blancos, norte y sur, oriente y occidente, listas acabadas y listas inacabables, cómo esta. Está claro que no se puede arrojar una gota de agua a un tejado y esperar que se deslice por las dos vertientes a la vez; del mismo modo que no puedes lanzar una moneda al aire y esperar que no salga cara ni cruz (casos extremos aparte, por favor, intento ser metafórico). Del mismo modo, uno no puede ser de izquierdas y de derechas al mismo tiempo, ni ser de aquí y a la vez de allí. Tal vez, de cuando en cuando, llegue alguien al puerto de Tenerife que sea blanco a pesar de ser negro, pero eso son casos excepcionales.

Esta división es tan inevitable como inevitablemente necesaria. Si las monedas tan solo tuvieran una cara, además de plantearnos una paradoja espaciotemporal que seguramente acabara por hacernos estallar el lóbulo frontal, no tendríamos oportunidad de elegir; en el hipotético caso de que tan solo hubiera una opción, el mundo en sí dejaría de tener interés, pues nuestra vida entera se basa en estas confrontaciones; son lo que hacen funcionar el mundo - es la clásica teoría del Yin y el Yan, los opuestos que se complementan para formar una unidad-.
Aquí está lo inevitablemente necesario de la división, pero, ¿inevitable? Eso ya lo dejo a vuestra elección; intentad dejar un imán con un solo polo, y cuando lo consigáis habréis resuelto uno de los grandes misterios del universo. Igual algún día dejo caer por aquí algo que escribí sobre eso...

Tal vez toda esta teoría metafísica de la bipartición de la naturaleza fuera más sencilla de vivir para nosotros si, en lugar de encontrarnos ante las dos caras de una moneda, nos encontráramos ante la portada y la contraportada de un libro: estos dos elementos opuestos se pueden ver a la vez, y se pueden comparar, si somos capaces de abrir el libro. Aunque, en ocasiones, no nos interesa ver la contraportada, pues lo que vemos en la portada nos gusta, y no queremos que nos decepcione lo que nos cuenta en la contraportada, pues eso nos podría hacer cambiar de opinión, y no queremos ver nada ante lo que corramos el peligro de cambiar de opinión, ¿verdad?
El ateísmo y la religión, los negros y los blancos, los ricos y los pobres, no son más que dos caras de una misma moneda, dos portadas de un mismo libro, para algunos más fácil de abrir que para otros. Pero cuando se trata de temas como hombre y mujer, oriente y occidente, extranjeros y autóctonos, izquierda y derecha, y también muchos de los anteriores, manejados por manos menos hábiles, el libro se convierte en una moneda, que no podemos separar si no es cortándola por la mitad, para así poder ver las dos mitades a la vez, y compararlas. Muchas veces cuesta tanto ver a la vez las dos caras de una moneda, que nos resignamos a creer ciegamente que, tal como nos cuentan, al otro lado hay una Cruz, por no ir a echar un vistazo, y perder por un momento de vista nuestra preciadísima Cara. A veces el amor al blanco nos hace desconfiar, el incluso temer al negro, en ocasiones, estamos tan aferrados al Hombre, que no nos percatamos de la Mujer. Los opuestos no solo están enfrentados, sino que están separados muchas veces por un Muro. Al que se le ocurriera cruzar un tabique que separara Berlín debía de ser todo un poeta, pues no pudo elegir metáfora mejor.

Es más cómodo conformarnos con ir siempre por la izquierda, tan solo por no variar, por no enfrentarnos a lo desconocido, y pocas veces tenemos la suficiente pericia moral para separar las dos mitades de un libro, y lo que realmente son dos páginas contiguas se convierten, sin darnos cuenta, en una moneda de tan poca anchura que se nos hace difícil siquiera creer que no sea uno de esos paradójicos discos de una sola cara.

El mundo es grande; el mundo es complejo; el mundo es delicado y a la vez feroz, pero de lo que sí que no nos ha de caber la menor duda, es de que el mundo es bipolar.


P.D: Estreno tamaño grande de letra, para que no os dejéis los ojos leyendo.

lunes, 23 de marzo de 2009

Un cel en flames

Ja fa mot de temps que la vida no té el detall de deixar-me anar durant una estona per passar-me per ací, i crec que, el menys que puc fer es dedicar una entrada del blog al fet que m'ha ocupat tant de temps durant aquesta darrera setmana.
Qualsevol dels qui, a hores d'ara, trepitgen alguna vegada amb el meu blog, segurament mentre persegueixen algun destí mes atraient, sabràn, al moment, a que fet fa referència aquest post, per la data i, per damunt de tot, per la imatge que l'acompanya.

Feia dies que no trobava un motiu per a escriure, i no ho vaig fer fins fa un parell de dies, mentre els meus sentits fugien cap a un cel que, pres per les flames, convertia la nit en dia, i feia que el silenci no fora més que un record llunyà, desplaçant la realitat cap a un segon plà, i concentrant, durant quinze minuts, totes les nostres mirades, orelles, i la resta del nostre ser en aquells milers de llums que esclataven i volaven, sense deixar lloc les unes a les altres, i sense donar treva a l'espectador, arribant a agafar-lo totalment en el moment de l'esclat final, sense el qual els qui han estat observant-lo no poden, de cap manera, marxar en pau.

Però no es això l'unica cosa que té de màgica aquesta setmana: cada moment, cada pas que dones, et recorda que no es un dia qualsevol; que la ciutat que, en un altre moment pareix tan monòtona i avorrida, s'alça de la seua letàrgia, per celebrar un fet tan important com és ella mateixa.

Ja havent passat el dia gros, aquell que pareix que siga més llarg que qualsevol altre, una dotzena, o dues, de samarretes creuaven de banda a banda la ciutat en la que viuen durant els tres-cents seixanta-cinc dies de l'any, però que, en aquell moment, no els pareixia igual: quan centenars de penons de plàstic onejen al vent sobre el seus caps, i quan, rodejant cares del seu dia a dia, veien una gran taca verda que els identificava com a pertanyents a un mateix grup, que els recrodava a la vegada qui era cada un d'ells, i qui eren tots ells quan s'ajuntaven.
D'aquesta manera, a pesar de que a la resta del mon siga un dia normal, i milers de oficinistes estiguen deixant-se els dits teclejan davant de pantalles fluorescents, allí no es un dia qualsevol, i ells ho saben de sobrat.

No se quantes vegades hauran creuat la ciutat, ni quantes vegades els seus peus hauran passat pel sobre de les brutíssimes rajoles del mateix carrer de la ciutat, ara anant, i ara tornant però, del que estic segur que no oblidaràn es qui els acompanyava en cada una d'aquestes vegades.
Faltava alguna cosa...
No...
Faltava algú...
No...
Faltaven alguns...
Si...
Si... ja ho se...

Ja se qui son els que faltaven...